
Hay un rincón en Ponteceso donde el mar no rompe: rugen. Así lo describen quienes conocen bien esta esquina de la Costa da Morte, y ese sonido —un ronquido grave y constante contra el granito— es precisamente el que dio nombre al lugar. Punta Roncudo, en la parroquia de Corme Porto, guarda uno de los faros más singulares de Galicia y una historia que mezcla naufragios, percebeiros y un paisaje que corta la respiración.
Dónde está y cómo llegar
El faro se encuentra en el extremo occidental de Corme Porto, dentro del ayuntamiento de Ponteceso (A Coruña), a poco más de un kilómetro y medio de la aldea. Para llegar hay que atravesar el pueblo hasta el final del puerto y tomar una carretera de unos dos kilómetros que bordea la costa, según recoge la información publicada por Faros de Galicia. No hay pérdida posible una vez en la carretera, aunque conviene estar atento, porque el desvío inicial pasa fácilmente desapercibido.
Quienes prefieren caminar también tienen alternativa: la ruta ofrece vistas continuas sobre la ría de Corme y Laxe, según detalla el portal Ruta181. El acceso en coche es sencillo y hay una zona de aparcamiento en las proximidades del faro, aunque su interior no está abierto al público. Sí puede recorrerse libremente todo el entorno exterior y los acantilados cercanos.

Un faro pensado para resistir, no para lucir
La construcción del faro se enmarca en el Plan General de Balizamiento de 1904, un proyecto que buscaba mejorar la seguridad de la navegación en una costa gallega ya entonces conocida por su peligrosidad. Sin embargo, pese a que la punta de Roncudo era una de las más temidas, su construcción no llegó a aprobarse hasta 1919, según explican tanto Faros de Galicia como Ruta181.
El proyecto se encargó al ingeniero Francisco Godínez, que diseñó una torre cilíndrica sencilla, sin vivienda anexa para el personal, ya que desde el principio se pensó como una instalación automatizada. El faro entró en funcionamiento en 1920. Mide 11 metros de altura, está recubierto de azulejos blancos y su linterna, situada a 38 metros sobre el nivel del mar, emite una luz blanca con un alcance de diez millas náuticas, según los datos recogidos por Ruta181.
Su diseño es prácticamente idéntico al del faro de Laxe, levantado en la orilla opuesta de la misma ría, formando una especie de pareja simétrica que marca la entrada del canal. La linterna carece de acristalamiento, lo que le da ese aspecto austero, casi desnudo, tan característico de los faros pensados solo para cumplir su función, sin adornos.
Un paisaje que impone respeto
El entorno del faro está formado por rocas de granito erosionadas por el viento, muchas cubiertas de liquen, y por una vegetación baja de tojos que apenas resiste el azote constante del Atlántico. Es, como lo definen desde Faros de Galicia, un paisaje salvaje, casi fantasmal en los días de niebla o temporal.
Ese carácter agreste no es solo estético. La zona ha sido escenario de numerosos naufragios a lo largo de los siglos, tanto en la ruta entre el Atlántico y el Cantábrico como en las travesías que unían el norte de Europa con el Mediterráneo, según recoge El Turista Tranquilo. Entre los barcos que se perdieron en estas aguas figuran el austríaco Óscar, hundido en 1899, el pesquero Gladiator, en 1907, y el carbonero griego Anastasis, en 1919, de acuerdo con los datos publicados por Faros de Galicia.

Las cruces blancas y las historias de los percebeiros
Quien se acerca hasta el faro se encuentra con varias cruces de piedra clavadas entre las rocas. No son un elemento decorativo: recuerdan a pescadores y percebeiros cuyos cuerpos nunca llegaron a aparecer, según relata el portal Guías Viajar, que recoge el testimonio de Suso Lista, antiguo percebeiro de la zona convertido después en actor. Sus viudas o descendientes siguen cuidando esas cruces con el paso de los años.
Según ese mismo testimonio, se estima que más de 150 pescadores han muerto en los últimos años trabajando en esta franja de costa, aunque los fallecimientos se han reducido notablemente en los tiempos más recientes gracias a mejoras en la seguridad: los percebeiros ya no trabajan solos, suelen ir en grupo y utilizan trajes de neopreno, algo impensable décadas atrás.
Hay también historias menos trágicas ligadas a estas rocas. Bajo las cruces se encuentra el conocido como Petón do Millo, una piedra que debe su nombre a un barco cargado de maíz que naufragó allí y cuya carga, según cuenta el portal Camiño dos Faros, sirvió de alimento a buena parte de la población durante meses.
El tesoro que esconde el mar bravo: los percebes de Roncudo
Si el faro y las cruces hablan de peligro, las rocas de debajo hablan de sabor. Los percebes de Roncudo están considerados entre los más apreciados de Galicia, y no es casualidad: la fuerza del oleaje en esta zona obliga al marisco a desarrollar más músculo para agarrarse a la piedra, lo que se traduce en una textura y un sabor muy valorados, según coinciden varias fuentes locales consultadas.
Esa calidad tiene un precio de riesgo. El marisqueo se practica en un tramo de mar especialmente bravo, con los percebeiros sujetos apenas por cuerdas mientras las olas rompen contra las rocas. En homenaje a ese producto y a quienes lo recogen, Corme celebra desde 1992 una fiesta gastronómica dedicada al percebe, que tiene lugar cada mes de julio, según recoge Visita Costa da Morte.

Más allá del faro: qué ver por la zona
Quien visite Punta Roncudo puede aprovechar para acercarse también a otros puntos de interés cercanos, como la playa de Osmo, de arena blanca y zona resguardada, o el malecón de O Couto, con vistas sobre el río Anllóns. Los amantes de la literatura pueden visitar la casa natal de Eduardo Pondal, poeta gallego autor de Os Pinos, texto que da letra al himno de Galicia, según detalla el portal Turismo de Galicia.
El monte do Faro, a pocos kilómetros del pueblo, esconde además la capilla de A Nosa Señora do Faro, un lugar donde antiguamente se encendían hogueras para guiar a los barcos o avisar de la llegada de embarcaciones enemigas, tal y como recoge Faros de Galicia.
Al final, Punta Roncudo resume en un solo paseo lo que es la Costa da Morte: un mar que da vida a través del percebe y que, al mismo tiempo, ha reclamado la de tantos marineros y percebeiros a lo largo de los siglos. El faro, blanco y sobrio, sigue ahí desde 1920, cumpliendo la misma función para la que fue pensado: avisar de que la costa está cerca.








