
Una torre de medio centenar de metros, más cercana a una fortaleza que a un campanario, vigila desde el punto más alto de O Carballiño. Es el Templo de la Veracruz, la obra cumbre y póstuma del arquitecto gallego Antonio Palacios Ramilo, levantada entre 1943 y 1957 con granito y pizarra de la comarca para custodiar un fragmento de la Cruz de Cristo. Hoy se considera el monumento más representativo de la villa ourensana y una de las grandes piezas de la arquitectura sacra española del siglo XX.
Un encargo nacido de la fe vecinal
El proyecto arrancó en 1942, casi por casualidad. Aprovechando un viaje de Palacios a Ourense, el párroco Evaristo Vaamonde y una comisión de vecinos plantearon su idea: el templo parroquial se había quedado pequeño y la villa merecía algo a su altura.
El arquitecto aceptó. Y lo hizo de una forma poco habitual: cedió el proyecto de manera gratuita, por la simpatía que sentía hacia el párroco. El dinero llegó por suscripción popular. Todo el pueblo arrimó el hombro. La familia Pereira donó el solar y una vecina, María Rodríguez Vázquez, cedió varias fincas para sacar adelante la construcción.
La primera piedra se colocó en junio de 1943. Las obras comenzaron ese mismo verano bajo la dirección del maestro cantero local Adolfo Otero Landeiro, que supo interpretar el sentido de la propuesta.
Una obra que su autor nunca llegó a ver
Palacios falleció en 1945, apenas dos años después de presentar los planos. No vio terminada su catedral.
El golpe pudo frenar el proyecto, pero no lo hizo. Otero Landeiro tomó las riendas con el asesoramiento de los ingenieros Marcelino Enríquez y Roberto de Agustina. A ellos se sumaron el aparejador Rafael Jorreto Calpe, el arquitecto ourensano Manuel Conde Fidalgo y el ingeniero carballiñés Marcelino Parrondo, amigo del propio Palacios. La rotonda quedó lista en 1946.
La parte más complicada fue la torre. Sus obras empezaron en 1949, se detuvieron durante años y se reanudaron en 1956 hasta concluir en julio de 1957. Mientras tanto, el templo ya funcionaba: abrió oficialmente al culto el 17 de septiembre de 1952, festividad de San Cibrán, patrón de la villa, todavía con la torre a medio levantar.
El otro nombre imprescindible de esta historia es el del párroco Luciano Evaristo Vaamonde da Cortiña, alma del proyecto durante treinta años. Murió en 1961, con el edificio ya rematado. Sin su empeño, la obra difícilmente habría salido adelante.

Un proyecto mucho más ambicioso del que se ve hoy
Lo que el visitante contempla hoy es solo una parte de lo que Palacios imaginó. El plan original era enorme.
El arquitecto no proyectaba únicamente una iglesia, sino todo un conjunto: claustro, rectoral, equipamientos culturales y hasta un hostal de peregrinos. La idea pasaba por trazar una gran Vía Sacra, una avenida monumental que uniría el templo con la estación de tren y la plaza del Concello. El Templo de la Veracruz sería el corazón de esa peregrinación.
En la práctica, aquel sueño urbanístico quedó reducido al edificio religioso. Aun así, lo que se construyó basta para entender la dimensión de la apuesta.
Una reliquia traída de Tierra Santa
Todo el conjunto gira en torno a un objeto muy concreto: un fragmento de la Cruz de Cristo, un Lignum Crucis.
Esa reliquia llegó a O Carballiño en 1901 como regalo del Patriarca de Jerusalén, monseñor Ludovico Piave. Según se ha transmitido, la pieza había estado en el pectoral del papa Pío IX durante sus últimos meses de vida. Alrededor de ella se quiso articular el templo como centro de peregrinaciones, dándole sentido a todo el ambicioso proyecto.
Un estilo imposible de etiquetar
¿Románico? ¿Gótico? ¿Modernista? La respuesta es complicada. El estilo del Templo de la Veracruz se resiste a las clasificaciones porque es, en realidad, una mezcla.
En sus muros conviven el románico, el gótico, los ecos del Camino de Santiago, la arquitectura inglesa, el atlantismo y la influencia de la Escuela Vienesa. Quien lo visita por primera vez suele encontrar también un aire que recuerda a Gaudí. Un historiador carballiñés que estudió a fondo la obra de Palacios lo resumió así: sus templos son «como una suma teológica de la arquitectura histórica de Galicia».
Las piedras de la zona —granito y pizarra— sostienen ese cruce de influencias. Historicismo, expresionismo, simbolismo y un cierto gusto por lo colosal se dan la mano en cada rincón.
Lo que hay que mirar de cerca
El exterior escultórico y la ornamentación interior son sus grandes bazas. Y hay dos elementos que concentran las miradas.
El primero es la rotonda del crucero, donde el arquitecto se esmeró especialmente. La trazan ocho gruesas columnas de base octogonal que exageran la llamada «orden gallega», la que caracteriza los varales de los cruceiros. Sobre ellas se elevan los grandes arcos parabólicos, que acogen a su vez arcadas escalonadas de inspiración románica.
El segundo es el arco parabólico de los Doce Apóstoles, obra del cantero carballiñés Xesús González, levantado a finales de los años cincuenta. La girola, las capillas radiales y el coro alto en tribuna escalonada completan un interior pensado para jugar con la luz y el sonido.
Un símbolo para O Carballiño
Más de seis décadas después de su conclusión, el templo sigue siendo la postal de la villa. Lo cierto es que ninguna otra construcción local compite con su presencia.
Hay quien lo ha llamado «la última catedral de piedra». La etiqueta, exagerada o no, transmite bien lo que significa para el municipio: un edificio que nació del esfuerzo colectivo de un pueblo, que sobrevivió a la muerte de su autor y a años de penurias económicas, y que acabó convertido en seña de identidad. Caminar bajo su torre es, todavía hoy, la mejor manera de entender O Carballiño.








