
Hay lugares que se visitan y lugares que se sienten. El monte de Santa Trega, en A Guarda (Pontevedra), pertenece al segundo grupo. Se alza en el rincón más sudoccidental de Galicia, casi rozando Portugal, y corona sus 341 metros de altura con un poblado milenario, una ermita y un mirador que abarca medio mundo. Si buscas una escapada que combine historia, naturaleza y vistas de postal, este es tu sitio.
Un viaje al pasado celta
En lo alto del monte te espera el Castro de Santa Trega, uno de los poblados castrexos más impresionantes del noroeste peninsular. Caminar por sus calles empedradas es como retroceder dos mil años. Verás los cimientos de casas circulares, agrupadas en pequeños barrios, separadas por callejuelas estrechas que a veces salvan la pendiente con escaleras. Para que no tengas que imaginarlo todo, algunas viviendas se han reconstruido con sus muros de piedra y sus techos de paja: entrar en ellas ayuda a entender cómo vivía aquella gente.
El castro ocupaba la parte más elevada del monte por un motivo muy claro. Desde aquí se domina la costa y toda la desembocadura del río, así que sus habitantes controlaban tanto el mar como el camino fluvial. Las laderas empinadas hacían el resto del trabajo defensivo. En su mejor momento, este fue un núcleo grande y dinámico, rodeado de una muralla que se extendía cientos de metros.
Cuándo florecieron sus habitantes
Los expertos sitúan el esplendor del poblado entre el siglo I antes de Cristo y el siglo I después de Cristo, en plena época de contacto con el mundo romano. Pero la presencia humana en el monte es mucho más antigua. Repartidos por las rocas hay petroglifos, grabados prehistóricos que se hicieron miles de años antes de que existiera el castro. Y en las excavaciones han aparecido piezas de épocas todavía más remotas. En otras palabras: esta atalaya sobre el Miño lleva atrayendo a la gente desde tiempos casi inimaginables.
Cómo salió a la luz
Durante siglos, el monte fue sobre todo un lugar de devoción. El castro dormía bajo la tierra y la maleza. Todo cambió a comienzos del siglo XX, cuando los vecinos de A Guarda decidieron acondicionar la cima y abrir una carretera hacia la ermita. Las obras destaparon muros y restos que nadie esperaba.
A partir de ese hallazgo arrancaron las excavaciones, que se han ido sucediendo a lo largo de más de cien años, con distintos arqueólogos al frente y muchos parones por medio. Cada campaña ha ido sumando piezas al puzle. El resultado es uno de los yacimientos mejor recuperados de Galicia, declarado bien protegido por su enorme valor cultural. Hoy se cuida y se mantiene para que cualquiera pueda recorrerlo.
El museo que guarda el tesoro
Muy cerca de la cumbre tienes una parada obligatoria: el Museo Arqueológico de Santa Trega (MASAT). Ocupa un edificio singular, proyectado en su día como restaurante, y reúne lo mejor de lo encontrado en el monte. Allí desfilan ante tus ojos torques de oro, monedas romanas, cerámica, estelas y todo tipo de utensilios de la vida cotidiana castrexa.
La visita al museo redondea la del castro. Una cosa es ver las piedras donde se vivía y otra, contemplar los objetos que se usaban allí dentro. Juntos, te dan una imagen completa de aquella sociedad: artesana, marinera y profundamente ligada a su entorno.
Fe, romerías y tradición viva
El monte no solo mira al pasado celta. En su punto más alto se levanta la capilla de Santa Trega, un templo de origen muy antiguo que la tradición sitúa sobre un lugar de culto todavía anterior. A su alrededor late una intensa vida religiosa que llega hasta hoy.
Si coincides con las fechas señaladas, vivirás el monte de otra manera. La romería de septiembre, en honor a la Santa, y la procesión del Voto, a finales de agosto, llenan la cima de gente, música y devoción. Son citas que mezclan lo sagrado y lo festivo, muy en la línea del carácter gallego.

Senderos para todos los ritmos
¿Prefieres llegar a pie? El monte está cruzado por una red de caminos empedrados señalizados como ruta de senderismo, con varios tramos que se enlazan entre sí y suman algo más de siete kilómetros. Puedes elegir un paseo corto o encadenar varias sendas para hacer una jornada completa.
Por el camino, conviene parar. La vegetación, el silencio y los rincones escondidos forman parte de la experiencia tanto como las ruinas. Y si no te apetece caminar, también puedes subir en coche casi hasta arriba.
Un mirador de 360 grados
Llega el momento estrella. Desde lo más alto del monte, el paisaje se abre en todas las direcciones. A un lado, el océano Atlántico; al otro, la desembocadura del río Miño y, enfrente, las costas de Portugal. Es una de esas panorámicas que justifican el viaje por sí solas.
El mejor consejo que te puedo dar: intenta coincidir con un día despejado y quédate al atardecer. Cuando el sol cae sobre el mar, el monte se tiñe de naranja y entiendes por qué este rincón se ha ganado fama de mágico.
Una aclaración sobre el nombre
Quizá lo has oído llamar «Santa Tecla», pero el nombre gallego que mejor le cuadra es Santa Trega. No te líes con las variantes: hablas del mismo monte, el mismo castro y el mismo mirador inolvidable.
En definitiva, subir a Santa Trega es regalarse historia, naturaleza y unas vistas difíciles de olvidar, todo en la misma mañana. Pocos planes en el sur de Galicia te dan tanto a cambio de tan poco.









