
A una hora escasa de Ourense, y también de la capital de Lugo en el corazón de la Ribeira Sacra, sobrevive una de las obras de ingeniería más audaces que dejó Roma en Galicia. Está en Quiroga, en la provincia de Lugo, y consiste en algo que parece imposible: un túnel excavado a mano en plena roca para desviar un río entero. Su único objetivo era el oro. Hoy lo conocemos como Montefurado, y su historia tiene casi dos mil años.
Qué es Montefurado y por qué importa
El nombre lo dice todo. Montefurado significa «monte horadado», «monte perforado», y describe con una precisión casi brutal lo que ocurrió allí. Los vecinos lo llaman también Boca do Monte.
El enclave se levanta en la Pena do Corvo, justo donde el río Sil trazaba un meandro cerrado antes de juntar sus aguas con el Bibei. En ese punto el río dibujaba un bucle larguísimo para esquivar una pared de roca dura. Los romanos miraron aquel obstáculo y no vieron un problema. Vieron una oportunidad.
Lo cierto es que sabían algo importante: el Sil arrastraba oro. Y mucho.
El plan: secar un río para vaciarle los bolsillos
La idea fue tan sencilla de explicar como difícil de ejecutar. Si el agua daba un rodeo enorme alrededor de la montaña, ¿por qué no abrir un atajo directo a través de la piedra?
Eso hicieron. Excavaron un túnel que cortaba el meandro por lo sano. El río, naturalmente, prefería el camino corto. Como resultado, el cauce viejo quedaba seco, y en su lecho aparecían los sedimentos cargados de partículas doradas. Solo había que recogerlos.
Pero lo verdaderamente ingenioso vino después. El túnel no era una solución de un solo uso. Los ingenieros lo diseñaron de forma que podían taponarlo y destaponarlo a voluntad. Cuando cerraban el paso, el agua volvía a su antiguo recorrido y depositaba sedimentos nuevos. Cuando lo abrían, el meandro se secaba otra vez y tocaba cosechar. Un ciclo perfecto. Una máquina de extraer oro hecha de roca y de agua.

Cuándo se construyó y quién dio la orden
Las distintas referencias históricas coinciden en situar la obra en el siglo II después de Cristo, bajo el mandato del emperador Trajano. Fue una época en la que el Imperio apretó el acelerador con los recursos naturales de la antigua Gallaecia, sobre todo con el metal que tanto necesitaban las arcas de Roma.
No tenían dinamita. La pólvora tardaría siglos en llegar. Así que recurrieron al ingenio y al fuego: la técnica de la torrefacción, que consistía en calentar la roca con hogueras para fracturarla y luego ir vaciándola. Trabajo lento, durísimo, sostenido en su mayor parte por mano de obra local y esclavos.
Las dimensiones de una locura
Los números todavía impresionan. En su origen, el túnel de Montefurado medía alrededor de 120 metros de longitud, con cerca de 19 o 20 metros de anchura y unos 17 metros de altura en algunos tramos. Hay quien lo describe con forma de «V», un perfil que facilitaba justamente eso de tapar y destapar el conducto cuando interesaba.
Bajo el agua, además, se abría un pozo de más de diez metros que ayudaba a manejar el caudal. Toda una instalación hidráulica pensada al detalle.
¿Y cuánto oro salió de aquí? Se calcula que del entorno se extrajeron unas 190 toneladas del metal, una parte buena del que viajó desde estas tierras hacia Roma. Algunas estimaciones hablan de ritmos de varios miles de kilos al año en la época de máxima actividad. El destino de aquel botín era previsible: financiar campañas militares y grandes obras públicas del Imperio.

Una herida en el paisaje que parece natural
Lo paradójico de Montefurado es que, a simple vista, no parece obra humana. El visitante que llega por primera vez tiende a pensar que ese arco de piedra por el que se cuela el Sil es un capricho de la geología. No lo es. Cada metro de ese túnel lo abrieron manos humanas hace casi veinte siglos.
El entorno completo cuenta la misma historia. Cerca de la aldea aún se distinguen pináculos y torres de tierra de hasta diez metros, restos de la actividad minera, igual que ocurre en Las Médulas de León. De hecho, en la zona también se empleó la célebre técnica de la ruina montium, derrumbar la montaña con agua a presión, de la que Las Médulas son el ejemplo más famoso de toda la península.
El derrumbe que casi acaba con todo
La piedra resistió siglos. El río, no siempre tuvo paciencia.
En noviembre de 1934, una crecida violenta provocó un derrumbe que se llevó por delante más de la mitad de la estructura. De los 120 metros originales quedaron poco más de medio centenar. Tras esto, los escombros bloquearon el paso, el agua se desbordó y los campos cercanos quedaron anegados durante años. No fue hasta 1941 cuando se logró reabrir parcialmente el conducto y el Sil volvió a circular por dentro de la montaña, aunque ya de forma más limitada.
Hoy el tramo conservado ronda los 52 metros. Una fracción de lo que fue, pero suficiente para dejar sin palabras a quien lo contempla.

Mucho más que un túnel
La aldea de Montefurado merece un alto en el camino por sí sola. Llama la atención el tono rojizo de la piedra de muchas casas y de la iglesia, fruto de las partículas metálicas del propio sustrato. El templo, dedicado a San Miguel, es de estilo barroco; una inscripción en uno de sus sillares señala que se levantó en 1759. No es casualidad que aquí hubiese un lugar de culto importante: por estas tierras pasa el Camino de Invierno a Santiago, la alternativa que evitaba las cumbres heladas de las sierras vecinas.
Todo el conjunto forma parte de la Ribeira Sacra y se asoma al área del geoparque del Courel, reconocido por la Unesco en 2019. Para verlo en condiciones, el mirador de Anguieiros ofrece una de las mejores panorámicas del meandro y del túnel.
Un futuro que empieza a aclararse
Durante mucho tiempo, sobre Montefurado pesó la sombra del abandono y el miedo a un nuevo desplome por la fuerza del río. Mientras tanto, la atención fue creciendo. En 2020 se completó un estudio arqueológico que combinó geología, historia y arqueología del paisaje para entender mejor la estructura.
El paso más esperanzador llegó en mayo de 2025: la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil y el Concello de Quiroga firmaron un convenio para recuperar y poner en valor el entorno, con una inversión prevista cercana a los 1.075.000 euros. El plan incluye una senda circular de cuatro kilómetros, un mirador panorámico, una pasarela sobre el río y un espacio interpretativo en la aldea.
Si la cosa sale adelante, Montefurado dejará de ser ese tesoro escondido que pocos conocen. Y quizá entonces mucha más gente entienda lo que aquellos ingenieros fueron capaces de hacer con fuego, agua y una paciencia infinita: doblegar a un río para arrancarle el oro.









