
El puente de Rande se ha ganado un sitio entre las postales más reconocibles de las Rías Baixas. Cruza la ría de Vigo por su punto más angosto, el estrecho de Rande, y enlaza los concellos de Redondela y Moaña desde el 7 de febrero de 1981, día en que abrió al tráfico. Pertenece a la Autopista del Atlántico (AP-9) y, cuatro décadas largas después, continúa siendo uno de los emblemas de la ingeniería gallega.
Su función original fue clara: acortar distancias. Antes de que existiera, ir de una orilla a otra obligaba a bordear buena parte de la ría. El viaducto recortó ese trayecto de golpe y acercó la península de O Morrazo al área de Vigo y a Pontevedra. Lo que antes era un rodeo incómodo pasó a resolverse en minutos.
Un gigante atirantado sobre la ría
Rande es un puente atirantado, ese tipo de estructura en la que el tablero cuelga de cables anclados a grandes torres. Su vano central salva 401 metros, una cifra que en su momento lo situó entre los mayores del mundo en su categoría y que fue récord en España durante años. La longitud total ronda los 1.558 metros, sumando el tramo central y los viaductos de acceso. Las pilas principales se elevan muy por encima de los cien metros, formando las clásicas siluetas en forma de H que se distinguen desde media ría.
El proyecto llevó la firma de tres nombres: el ingeniero italiano Fabrizio de Miranda, el español Florencio del Pozo y Alfredo Passaro. Su trabajo dejó una obra que, además de resolver un problema de movilidad, se convirtió en referencia técnica dentro y fuera de nuestras fronteras.
Cruzarlo tiene premio para el viajero. Desde el tablero se abren vistas de la isla de San Simón, cargada de historia, y al fondo asoman las Islas Cíes, declaradas Patrimonio de la Humanidad. No es raro ver a quien reduce la marcha solo para mirar.

La ampliación que dio la vuelta al mundo
En su día ya fue noticia por sus dimensiones. Décadas más tarde volvió a serlo por un motivo distinto. Rande se convirtió en el primer puente atirantado del mundo en ser ampliado, y lo hizo sin cortar el paso de vehículos. La actuación entró en servicio a finales de 2017 y añadió un carril más por sentido en el tramo de mayor tráfico.
El reto no era menor. Se trabajó a gran altura, se sumaron nuevos tirantes y se reforzaron las cabezas de las torres, todo mientras los coches seguían circulando por debajo. A esa complejidad se añadió una exigencia extra: no dañar la ría, un espacio protegido. Buena parte de los materiales llegó por mar para minimizar el impacto. La obra recibió después varios reconocimientos internacionales que la colocaron a la altura de grandes hitos de la ingeniería mundial.
Hoy Rande soporta un tráfico intenso. Es el tramo más transitado de toda la AP-9, con decenas de miles de vehículos cada jornada. Esa cifra explica por qué la ampliación se volvió una necesidad y no un capricho.
Rande, mucho más que un puente: la batalla y el tesoro
El nombre no es casual, y aquí entra la parte más novelesca. El estrecho de Rande fue escenario en 1702 de la batalla de Rande, durante la Guerra de Sucesión Española. Allí, una flota franco-española que traía riquezas de América se enfrentó a una armada anglo-holandesa. El resultado dejó varios galeones hundidos en el fondo de la ría.

De ese episodio nació una de las leyendas más famosas de Galicia: la del tesoro sumergido de Rande. La idea de que aún reposan plata y oro bajo el agua ha alimentado durante siglos la imaginación de buscadores y curiosos. El mito llegó incluso a la literatura universal. Julio Verne situó allí una de las escenas de Veinte mil leguas de viaje submarino, cuando el capitán Nemo se aprovisiona de riquezas rescatadas del fondo. Pocos puentes pueden presumir de un pasado así.
Quien quiera profundizar en aquel capítulo tiene la opción de acercarse al Museo de la Batalla de Rande, en la zona de Redondela, donde se recopila la memoria de aquel choque naval.
Cómo verlo y dónde disfrutarlo
Rande se aprecia desde muchos ángulos. Hay miradores en el entorno de Vigo, Redondela y O Morrazo que ofrecen panorámicas de la estructura recortada sobre el agua, especialmente al atardecer, cuando la luz baja tiñe la ría. Para muchos vecinos, esa estampa forma parte del paisaje cotidiano; para el visitante, suele ser una de las imágenes que se lleva de las Rías Baixas.
Más de cuarenta años después de aquel febrero de 1981, el puente sigue haciendo lo que se le encomendó: unir orillas. Solo que, por el camino, se convirtió también en historia, en leyenda y en símbolo. Y eso ya no lo separa ni la ría.









